Lechuga

La lechuga
Sus nombres populares son diversos y evocativos: hierba de los sabios, hierba de los filósofos, hierba de los eunucos. Que los sabios y los filósofos no vean en tal vecindad ninguna irreverencia, pues los Egipcios representaban, muy frecuentemente, a sus celebridades con un retoño de lechuga en la mano, cuyo jugo blancuzco evocaba, para ellos, exactamente lo contrario, es decir, el esperma humano.
Como quiera que sea, es hecho admitido que la lechuga facilita el sueño debido a la presencia de “lactucarium” que posee propiedades calmantes.
Si comemos una ensalada de lechuga de noche nuestro sueño será mejor.
Pero vamos con detalle y con toda la seriedad de los modernos dietistas lo que nos da doña lechuga: 20 calorías por cada 100 g; vitaminas A, B, C, E; sales minerales. Todo esto, distribuido desigualmente por las distintas hojas: por ser las más útiles las más verdes, conviene reservarlas para ser consumidas crudas, salvo que sean demasiado duras, y no relegarlas al papel de legumbre cocida, a no ser que no sea posible actuar de otra manera.
Puesto que la lechuga es una ensalada tierna y de sabor delicado, conviene tratarla con deferencia y no imponerle, por ejemplo la vecindad demasiado ruda del ajo, ni mezclar mucho tiempo antes de llevarla a la mesa. En la ensaladera prepárese una salsa vinagreta a nuestro gusto, sobre la que debe colocarse el cubierto de la ensalada con la parte hueca hacia a bajo, a fin de que las hojas de lechuga que se irían a poner sobre ellos no queden en contacto con la vinagreta. Lleve la ensaladera para la mesa, mezcle en el momento de servir, juntándole un ligero picado de peregil, o mejor aún, de perifollo.
Cuando se cuezan guisantes, no se olvide añadir una lechuga tierna- atada, para que no se separen las hojas – que les dará más gusto todavía.

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